04/05/08

leo por ahí

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Diógenes
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Cuando tuvimos que vaciar el desván, lugar sucio pero mágico y misterioso donde los haya, de casa de mi abuela materna -la primera persona del plural no tiene demasiado sentido si tenemos en cuenta que quienes lo hicieron fueron mi padre y, sobre todo, mi madre, echándoles una mano mi hermana y yo- lo que más nos sorprendió fue la cantidad de paquetes de cajas de cerillas pequeñas de papel encerado marrón y cabeza blanca o roja. Eran blancas con cromos delante y estaban envueltas en papel de embalar azul o marrón, no me acuerdo bien. Algunos paquetes estaban enteros o casi y las cerillas, por la humedad, ya no prendían.
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Me acuerdo que pensé, o imagino que debí de hacerlo, que yo no llegaría a hacer tal cosa: comprar y comprar algo que vas a almacenar y se va a echar a perder sin siquiera haber sido usado.
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Sin embargo ahora reconozco que padezco el síndrome de Diógenes.
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Compro cosas que “ya” tengo, por ejemplo este mismo cuaderno en el que escribo originalmente el borrador de este post (sería lo mismo con algunos de los más de un pecés que tengo, o los blogs que voy empezando para abandonar luego y empezar otros nuevos) o móviles, bolígrafos, portaminas, recambios de rotuladores, etc…
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Pero la palma se la llevan los libros. ¡Ay! los libros, mudas promesas de sabiduría, o de pedantería al menos.
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El otro día leía: “no basta con comprar o regalar libros, hay que leerlos”.
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Sí, claro, hay que leerlos, ¡qué evidencia! Pero leer requiere tiempo, y eso es algo que hay “lo que hay” no más. Tengo unos cuantos que se han quedado viejos, sobre todo en temas informáticos que es donde los relevos tecnológicos se suceden con mayor rapidez, prácticamente sin haberlos no ya leido sino siquiera apenas hojeado (nunca sé si el “ojeo” viene de echarles un ojo o es el “hojeo” de mover un poco las hojas mientras se va leyendo al azar en una especie de bibliomancia).
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Luego están los otros, los que se han merecido más de una lectura, por ejemplo en el pueblo tenía “La Insoportable Levedad del Ser” de Milan Kundera y hubo unos años en que cada vez que iba lo llevaba de paseo al campo y en tres o cuatro días de sentarme a la sombra tranquilamente en algún rincón agradable me lo terminaba y… ¡hasta el verano que viene!
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También está el “Tao Te King” del que tengo varias ediciones o el “Sun Tzu” mejor dicho: “El Arte de la Guerra” y ¿cómo no? el, para mi, imprescindible libro de las mutaciones del cual sólo de la traducción de Richard Wilhelm tengo 4 ejemplares, dos de ellos exactamente iguales -a lo mejor ya va siendo hora de que regale uno de ellos… o los dos- sin olvidar la versión de Judica Cordiglia hoy arrumbada en lo alto al lado de los diccionarios bilingües y un curso de Neerlandés o la de Mae Deva Padna con cartas.
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La teoría es que todo texto termine con una reflexión que a ser posible resuma la idea principal, en este caso: “Diógenes” y que vuelva al principio, esto es: a mí convertido en mi abuela y mi habitación en su deván, salvo que, claro está, poco a poco, una vez consciente del problema lo vaya atajando con las dos pildoras a las que se refería Ramón, de quien hablaré en otro post, Una: No coger ni comprar de más y Dos: aprender a tirar.
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Ufffffffffffffffffffff !!
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)S(
fuente: http://pastebin.ca/1007004

18/11/07

trueque

Hace tiempo, siendo muy pequeño, leí en clave de cuento infantil como fue la creación del dinero. Básicamente lo que contaban es que todos los primitivos tenían cosas que querían unos u otros pero el que tenía lo que otro necesitaba no necesitaba lo que éste le ofrecía.
Yo era un crio pero ya me daba cuenta de que tendrían que hacer una ronda: A le daba a B lo que necesitaba y cogía lo que B le ofrecía, como no lo necesitaba se lo daba a C y así sucesivamente hasta que llegaba a G al que le daba lo que F le había ofrecido y obtenía, por fin, lo que había buscado desde un principio.
Todos contentos.
Era una metáfora, claro. Era para demostrar que el trueque se enfrenta a una dificultades insalvables y precisamente por eso se inventa el dinero.
Sin embargo, profundicemos un poco "nunca se profundiza demasiado" que diría un piloto de batiscafo. En el caso de mi solución alternativa, ya que la original era irse todos a casa frustrados hasta que el hijo de protagonista proponía una moneda, las castañas, creo recordar, y el padre, en un alarde de patriarcalismo, se atribuía la idea, no sólo arreglaba el problema personal del prota, sino que convirtiéndolo en "broker" equilibraba a través de sucesivos intercambios (ya va siendo hora de poner un punto o seré un Proust cualquiera) la situación grupal.
Es decir se convertía en el mecanismo que igualaba las ofertas y las demandas. Un "proto-mercado".
La idea de que haya un bien, o una serie de ellos que todos y todas queramos, en cualquier momento, en la mayor cantidad posible, es más que estemos dispuestos a hacer casi cualquier cosa por conseguirlo aunque es genial, no deja de parecerme absurda.
Imaginemos las primeras monedas: comida, puede ser que no me guste, o que esté harto, armas, ¿y si no sé usarlas?, adornos, puedo ser austero, etc...
Oro, pesa mucho, papel, se quema.
La gente quiere "fijar" su crédito, que no se olvide, "he trabajado tantas horas para ti, que conste".
A lo mejor la solución, o una de ellas, pasa por inventar, descubrir o producir algo que el entorno cercano, o por lo menos los productores, o distribuidores de bienes que necesitamos aprecien.
En un blog que me parece imprescindible sobre el tema leo con asombro que alguien no sólo lo ha pensado, sino que lo ha llevado a la práctica, ¿qué puedo decir?
Por un lado me jode un poco no ser original, pero por otro me gusta, si alguien más lo ha pensado, y todos y todas los que no conozco, será que voy por buen camino, ¿No?

15/11/07

El libro

El otro día leyendo a Lessig, Lawrence, no Doris, aunque ésta me parece que es con n, en el metro, porque yo leo y viajo en metro, es más últimamente sólo leo cuando viajo en metro... Pues eso, que leyéndolo se me ocurrió una idea, y como muchas ideas durante un momento pensé que era interesante, y que estaría bien dedicarle sus buenos tres minutos de reflexionarla cual niño que chupa un chupachups de sabor nuevo, luego agotada la atracción de la novedad ya lo deja.
La cuestión es que al no apuntarlas, y eso que últimamente llevo papel y boli por si acaso, normalmente las sueles perder, o peor aún te quedan como desdibujadas, igual lo estuvieron siempre y el fogonazo de la novedad hace que no veas que en el fondo son lugares comunes de lo más patatero.
Ahora que prácticamente todo el mundo "disfruta" de la informática y del amplio mundo de posibilidades que nos abre. La idea sería escribir un libro, ¡hala! así como suena...
¡Vaya idea de los cojones!
¡Espera! ¡Déjame terminar! o en palabras de moda: "pero ¿por qué no te callas?"
Escribir un libro del que haya un sólo ejemplar, numerado si quieres. ¡Vaya negocio!
¡qué te calles COÑIO!
Habrá muchos, bueno, no, unos cuantos, los suficientes. Pero todos distintos, en plan biblioteca de Babel de Borges o las Cabage pach o como se diga eso de las muñecas repollo que pretenden ser únicas... como los seros humanos y las seras humanas.
Y ahora viene lo mejor... y lo peor ¿qué contará ese libro? evidentemente una novela, una narración que además cual historia interminable tenga como parte fundamental de la narración al propio libro y por supuesto a los posibles lectores y lectoras, otra vez Borges... nada nuevo bajo el sol. Lo peor es que la idea se me ha desdibujado, juro que cuando se me ocurrió parecía buena, igual no genial, pero buenilla al menos parecía.
Naturalmente hay que anunciar con papeles en las cercanías, que las brigadas de limpieza quitarán, la "pérdida" del libro, el que lo ha encontrado no sabe que ha sido abandonado a propósito, incluso ofreciendo gratificación y llegando a pagarla. Tampoco será mucho dinero, no hablamos de una edición de lujo precisamente. Quizá preguntar a la gente si lo ha leido, y en ese caso se les gratifica o se les paga más y en caso contrario decimos: "gracias" o directamente: "no me interesa, si no ha conseguido enganchar al lector, o lectora, que lo ha encontrado no es el libro único que ando buscando", ahora Tolkien, a ver para cuando una idea original que ya vas terminando el post.
Me gusta la escena en la que Tim Robbins le dice a Morgan Freeman como encontrarle, la isla del tesoro, el juego de pistas. La vida a veces no es más que una búsqueda, quien lee bien las señales encuentra y quien no... pues se jode, o lo que es peor aún, encuentra lo que no busca.