06/05/08

¡Qué Bestia!

Leo con indignación y sorpresa el, por ahora, último (esperemos que para siempre) post de mi "conocido" ghawar (iba a poner: "amigo" pero ¿cómo llamar así a alguien que escribe semejantes majaderías sin sentido?).

Bueno, vaaale, he de reconocer que, sobre todo nada más terminar de leerlo, algo algo sí que me he reido y he pensado como él: "¡Tooooma!".

Luego he recapacitado un poco y... hace falta ser bestia para redactar algo así.

¿Te metieron un buen corte?

¡Te jodes como dijo Herodes!

¡No haber ido de listillo!

Que el niño era un sabihondo de los cojones es más que evidente. Pero, Ghawar, colega mio, a los niños repipis y enterados no los matamos, los educamos.

¿No te das cuenta de que está muy feo?

Además ese niño tan repelente tiene toda la pinta de ser de los que llevan encima una granada de mano, nunca se sabe cuando va a presentarse una buena ocasión para inmolarse por alguna causa perdida y heroíca y hay que estar preparados.

Así que efímero triunfo el tuyo, reirás el último, sí, durante unos segundos y también será tu última risa.

Espero que mi "amigo" Ghawar (ya le he perdonado, como veis no soy nada rencoroso) se dé cuenta de que tras la ira vendría la vergüenza. Se iba a arrepentir al instante: "¡Dios mio! ¿qué he hecho?"

Por otro lado, nos pongamos como nos pongamos, el criajo no hizo más que enunciar una gran verdad: "El tiempo no vuelve sobre sus pasos" Becquer lo diría de forma mucho más poética -y también mucho más cursi, ¡no te jode!- con aquello de las famosas golondrinas.

Encima ¿qué mérito tiene destrozar los sueños ajenos?

¡Ayúdale a alcanzarlos!

¡Sé tú también un niño en espíritu ya que no lo vas a poder ser nunca más en cuerpo y edad!

¡Deshazte de tu orgullo! ¡Escucha el mensaje! y, por cierto, deja de frecuentar compañías tan poco recomendables como ese "Cabronazo Hijoputa" que, entre nosotros, no parece muy de fiar.

¡Ah! Y cuidado con las armas, que las carga el Diablo.

)S(

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04/05/08

leo por ahí

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1.
Diógenes
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Cuando tuvimos que vaciar el desván, lugar sucio pero mágico y misterioso donde los haya, de casa de mi abuela materna -la primera persona del plural no tiene demasiado sentido si tenemos en cuenta que quienes lo hicieron fueron mi padre y, sobre todo, mi madre, echándoles una mano mi hermana y yo- lo que más nos sorprendió fue la cantidad de paquetes de cajas de cerillas pequeñas de papel encerado marrón y cabeza blanca o roja. Eran blancas con cromos delante y estaban envueltas en papel de embalar azul o marrón, no me acuerdo bien. Algunos paquetes estaban enteros o casi y las cerillas, por la humedad, ya no prendían.
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5.
Me acuerdo que pensé, o imagino que debí de hacerlo, que yo no llegaría a hacer tal cosa: comprar y comprar algo que vas a almacenar y se va a echar a perder sin siquiera haber sido usado.
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Sin embargo ahora reconozco que padezco el síndrome de Diógenes.
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Compro cosas que “ya” tengo, por ejemplo este mismo cuaderno en el que escribo originalmente el borrador de este post (sería lo mismo con algunos de los más de un pecés que tengo, o los blogs que voy empezando para abandonar luego y empezar otros nuevos) o móviles, bolígrafos, portaminas, recambios de rotuladores, etc…
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Pero la palma se la llevan los libros. ¡Ay! los libros, mudas promesas de sabiduría, o de pedantería al menos.
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El otro día leía: “no basta con comprar o regalar libros, hay que leerlos”.
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Sí, claro, hay que leerlos, ¡qué evidencia! Pero leer requiere tiempo, y eso es algo que hay “lo que hay” no más. Tengo unos cuantos que se han quedado viejos, sobre todo en temas informáticos que es donde los relevos tecnológicos se suceden con mayor rapidez, prácticamente sin haberlos no ya leido sino siquiera apenas hojeado (nunca sé si el “ojeo” viene de echarles un ojo o es el “hojeo” de mover un poco las hojas mientras se va leyendo al azar en una especie de bibliomancia).
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Luego están los otros, los que se han merecido más de una lectura, por ejemplo en el pueblo tenía “La Insoportable Levedad del Ser” de Milan Kundera y hubo unos años en que cada vez que iba lo llevaba de paseo al campo y en tres o cuatro días de sentarme a la sombra tranquilamente en algún rincón agradable me lo terminaba y… ¡hasta el verano que viene!
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También está el “Tao Te King” del que tengo varias ediciones o el “Sun Tzu” mejor dicho: “El Arte de la Guerra” y ¿cómo no? el, para mi, imprescindible libro de las mutaciones del cual sólo de la traducción de Richard Wilhelm tengo 4 ejemplares, dos de ellos exactamente iguales -a lo mejor ya va siendo hora de que regale uno de ellos… o los dos- sin olvidar la versión de Judica Cordiglia hoy arrumbada en lo alto al lado de los diccionarios bilingües y un curso de Neerlandés o la de Mae Deva Padna con cartas.
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21.
La teoría es que todo texto termine con una reflexión que a ser posible resuma la idea principal, en este caso: “Diógenes” y que vuelva al principio, esto es: a mí convertido en mi abuela y mi habitación en su deván, salvo que, claro está, poco a poco, una vez consciente del problema lo vaya atajando con las dos pildoras a las que se refería Ramón, de quien hablaré en otro post, Una: No coger ni comprar de más y Dos: aprender a tirar.
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Ufffffffffffffffffffff !!
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)S(
fuente: http://pastebin.ca/1007004

17:15 Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email

18/11/07

trueque

Hace tiempo, siendo muy pequeño, leí en clave de cuento infantil como fue la creación del dinero. Básicamente lo que contaban es que todos los primitivos tenían cosas que querían unos u otros pero el que tenía lo que otro necesitaba no necesitaba lo que éste le ofrecía.
Yo era un crio pero ya me daba cuenta de que tendrían que hacer una ronda: A le daba a B lo que necesitaba y cogía lo que B le ofrecía, como no lo necesitaba se lo daba a C y así sucesivamente hasta que llegaba a G al que le daba lo que F le había ofrecido y obtenía, por fin, lo que había buscado desde un principio.
Todos contentos.
Era una metáfora, claro. Era para demostrar que el trueque se enfrenta a una dificultades insalvables y precisamente por eso se inventa el dinero.
Sin embargo, profundicemos un poco "nunca se profundiza demasiado" que diría un piloto de batiscafo. En el caso de mi solución alternativa, ya que la original era irse todos a casa frustrados hasta que el hijo de protagonista proponía una moneda, las castañas, creo recordar, y el padre, en un alarde de patriarcalismo, se atribuía la idea, no sólo arreglaba el problema personal del prota, sino que convirtiéndolo en "broker" equilibraba a través de sucesivos intercambios (ya va siendo hora de poner un punto o seré un Proust cualquiera) la situación grupal.
Es decir se convertía en el mecanismo que igualaba las ofertas y las demandas. Un "proto-mercado".
La idea de que haya un bien, o una serie de ellos que todos y todas queramos, en cualquier momento, en la mayor cantidad posible, es más que estemos dispuestos a hacer casi cualquier cosa por conseguirlo aunque es genial, no deja de parecerme absurda.
Imaginemos las primeras monedas: comida, puede ser que no me guste, o que esté harto, armas, ¿y si no sé usarlas?, adornos, puedo ser austero, etc...
Oro, pesa mucho, papel, se quema.
La gente quiere "fijar" su crédito, que no se olvide, "he trabajado tantas horas para ti, que conste".
A lo mejor la solución, o una de ellas, pasa por inventar, descubrir o producir algo que el entorno cercano, o por lo menos los productores, o distribuidores de bienes que necesitamos aprecien.
En un blog que me parece imprescindible sobre el tema leo con asombro que alguien no sólo lo ha pensado, sino que lo ha llevado a la práctica, ¿qué puedo decir?
Por un lado me jode un poco no ser original, pero por otro me gusta, si alguien más lo ha pensado, y todos y todas los que no conozco, será que voy por buen camino, ¿No?

11:10 Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email